**HUANÍMARO, GTO.** — En el marco de la solemne festividad en honor a San Juan Bautista, el obispo dirigió un conmovedor y enérgico mensaje a la comunidad de Huanímaro, centrado en la necesidad de reflexionar sobre el rumbo de nuestras vidas y el compromiso que asumimos desde el bautismo. Con profunda cercanía, el prelado recordó que Juan no fue una «caña sacudida por el viento», sino un hombre de fe inquebrantable que no se acobardó ante las injusticias de su tiempo. Su figura nos invita a sacudir la indiferencia y a preguntarnos con honestidad si verdaderamente estamos siendo fieles a la palabra de Dios o si, por el contrario, hemos decidido ignorar la voz del Creador en nuestra cotidianidad.
Durante la homilía, el pastor diocesano hizo especial énfasis en las distintas vocaciones que sostienen a la sociedad, desde el matrimonio y la vida consagrada hasta el rol fundamental de los jóvenes y estudiantes. Reconoció que el camino de la fidelidad suele transformarse en una cruz pesada y que, a menudo, las personas se sienten solas, incomprendidas o con la sensación de que sus esfuerzos no sirven para nada. Sin embargo, exhortó a la feligresía a no desanimarse ni «agüitarse», recordándoles que cada uno de nosotros fue creado y llamado para una misión grande. «Dios no hace basura», afirmó con pasión, invitando a los padres de familia y a la juventud a asumir su identidad como seguidores valientes de Jesús en medio de un mundo complejo.
Uno de los momentos más agudos de la celebración ocurrió cuando el obispo vinculó la misión de San Juan —el profeta que anunció al Cordero que quita el pecado del mundo— con la urgencia actual de alzar la voz contra la mentira, el odio y la injusticia. Explicó que ser profeta hoy no significa adivinar el futuro, sino denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana. En este sentido, cuestionó severamente la pérdida de valores y la falta de respeto hacia los más vulnerables, urgiendo a la comunidad a llevar un mensaje de esperanza y a buscar la justicia en cada rincón de sus vidas.
Finalmente, la autoridad eclesiástica hizo un llamado urgente e imperativo a la protección del don de la vida, desde el vientre materno. Lamentó profundamente que en los tiempos actuales se desprecie o se vea la vida con descuido, como si fuera un simple producto, e invitó a agradecer a Dios por el maravilloso milagro de la existencia. Para poder presentar a Cristo a los demás, concluyó, es indispensable un encuentro previo con Él; solo así, superando nuestras limitaciones y problemas, seremos capaces de preservar, afinar y hacer crecer la vida del prójimo con absoluto respeto y dignidad, inspirados en el testimonio eterno del Bautista.















